Fui al cumple de mi sobrina Victoria ayer. Picky
Vicky es toda una princesa, así que cada año tiene fiesta temática de las
princesas de Disney, y menos mal como Disney se sigue inventando nuevas
princesas estoy segura que tendrá cumpleaños dentro de este mono-tema hasta que
se harte: ayer era Elsa, de “Frozen”. Les mentiría si les digo que me muero de
ganas de saber de qué princesa se va a disfrazar el año próximo…
Es que odio las fiestas infantiles. Es feo decirlo así,
porque amo a mi hija y a mis sobrinos y a sus amiguitos y en general amo a los
niños, pero en pocas cantidades. En el momento en que se juntan, es otra cosa:
gritos infernales, peleas, llantos, un millón de llamadas tipo “mamá!!!!” ante las
cuales hay que voltearse y averiguar si el grito está dirigido a una misma o a
otra de las 30 mamás presentes…
Una vez trabajé en un colegio durante tres meses. Fue tenaz.
Cuando sonaba la campana del recreo, parecía que los niños escucharan “hora del
desenfreno”: gritos, llanto, pataletas, peleas, comida regada, bebidas
volteadas… Las maestras que trabajan en escuelas se merecen todo mi respeto,
pero también me intrigan: ¿serán todas sordas? ¿O estarán tratando de ganar
karma positivo porque en la vida anterior fueron asesinas en serie? Es que no creo
que nadie tenga real vocación para vivir semejante tortura.
Y si la hora del recreo era tenaz, imagínense la fiesta
infantil: 30 guaguas correteando y gritando, con dulces de libre acceso, manos
melosas en todos los muebles, luchas para agarrar más dulces de la piñata
(muchas veces los mismos que están en libre acceso en las mesas ¿¿¿?). A eso
añádanle la animación de Tomatina la payasa chillona, las madres de familia que
sólo hablan de sus hijos y sus hazañas, los cupcakes cuya crema se va fundiendo
irremediablemente con el calor y poco a poco se asemejan a los rejoles de Dalí,
el pastel que siempre se ve mejor de lo que sabe...
Sueño con el día en que mi hija me diga que ya no quiere que
le organice una de estas fiestas, y que prefiere que invite a un par de amigas para ir al cine y
comer pizza.
Ahí sí uno pide perdón por todos sus pecados: porque además
de todas las cosas horrendas que ya describí arriba, hay que añadir el estrés
que es preparar este tipo de eventos. Siendo la madre que soy (llena de trabajo y poco dedicada a tratar de hacerme una reputación entre las madres),
he tenido que organizar mi vida para incluir la fiesta de mi hija entre las
festividades ya terribles del mes de diciembre. Mi amigo Agustín solía burlarse
de mí porque hago un POA del evento: elaboro una planificación con tareas,
fechas y responsables para que todo pueda salir bien. Es que con algunas
semanas de antelación hay que pensar primero en el tema (malditas fiestas
temáticas, encima mi hija tiene tendencia a no escoger las princesas, sino
temas como “perritos”, “Jorge el curioso”, “Peter Pan” y como no está de moda no
hay nada que comprar YA HECHO), en el alquiler del saltarín (en diciembre son
las fiestas de Quito y los restaurantes suelen monopolizar los saltarines),
comprar los ingredientes de la piñata, el pastel, alquilar el local, escoger el
menú de los niños, el menú de los adultos, las sorpresas… A todo esto hay que
ponerle fechas para que no nos coja el tiempo. Y en la columna “responsables”
un solo nombre obviamente: el mío.
El día mismo de la fiesta, hay que llegar y tratar de no entrar en pánico
porque toca inflar los globos, el saltarín no llega, decorar las mesas,
arreglar los bocaditos, (el saltarín no llega), seguir inflando globos, poner a
enfriar las bebidas (el saltarín sigue sin llegar), acoger al invitado puntal
(menos mal llegan los del saltarín), conversar a medias mientras se sigue
decorando, seguir acogiendo invitados, impedir que Naomi abra en seguida los
regalos para que no se le pierdan partes como en la fiesta del año pasado,
hablarle porque ya abrió algunos, sonreír a los invitados, (el maldito saltarín se
acaba de desinflar porque el tomacorriente no abastece al mismo tiempo a la
refri y a la carga del saltarín), llamar a alguien que sepa de electricidad
para que nos mire con cara de “no es el toma, es el braker”, tratar de encontrar
una solución, correr a lavarle la cara a la sobrina que recibió un rodillazo en
el mencionado saltarín cuando se desinfló, sobornar al vecino para que nos
permita conectar una extensión en su casa, seguir sirviendo bocaditos, buscar
la sorpresa para el niño que se va antes de soplar la vela…
¿Cuántas líneas llevo describiendo la fiesta? Si sigo así me
va a salir una novela, porque solo he descrito las dos primeras horas de la
última fiesta de Naomi. Les paso el detalle de que se me desinfló la llanta el mismo
día, las críticas de mi madre porque no me siento a socializar con todas las
personas, la servida y reservida de bebidas a los invitados, la lavada del
disfraz de Jazmín de la Vicky manchado de sangre (esa era su princesa favorita
el año pasado), el extraño perrazo sin dueño que se coló en la fiesta, etc., etc. (eso
sin contar con que la gente en el trabajo piensa que domingo es un buen momento
para hacer consultas por SMS y se enoja si uno no les contesta en ese mismo
instante).
Ah, pero eso sí: ¡nada de payasos en la fiesta de Naomi! ¡Tampoco
voy a doblegar mi espíritu a ese punto como para aceptar las malas bromas y los
juegos pendejos en los cuales siempre se involucra a la gente adulta para
hacerle buscar frenéticamente en la cartera 10 centavos para un concurso o
bailar la gallinita clueca haciendo el ridículo, solo para que un niño gane un
juguete de plástico “Made in China” y para que los otros se queden mirando a
los padres que no ganaron con ojos-de-decepción-absoluta!
Bien, creo que es suficiente descripción para expresar mi
sentir al respecto.
Menos mal mi hija va creciendo y poco a poco me invitan a
menos de estos eventos. Y sé que está por llegar el día en que ya no tendré que
organizarle una fiesta, y si bien me emociona la idea de que por fin se acabe
este frenesí de confeti y colores chillones, estoy consciente que esto llegará acompañado de
la famosa “edad del burro” con todos sus bemoles. Me coge entonces la incógnita
de si en ese momento no me encontraré extrañando las famosas fiestas infantiles…
Jjajajajaj, me he reido con tu desgracia Mary France, Francita sí que relataste super esos acontecimientos, como te dije, yo ya estoy en los bemoles ....
ResponderEliminarJajaja Sandri, siempre es más divertido cuando lo cuentas que cuando lo vives ;-)
ResponderEliminarQuerida Marie-France!!! completamente de acuerdo. Tengo fobia hacia los chiquitines (incluidos los míos.. jijijij); los adoro pero no puedo estar con muchos de ellos a la vez y encima soy Organizadora de Eventos...!!! el Karma existe ....
ResponderEliminarA veces me siento culpable por no sentir la misma devoción con la que mis amigas hablan de sus hijos....es mas prefiero no hablar de hijos...niños o afines cuando puedo estar sin ellos tan pocas veces.....y si me comparo con mi madre...ni hablar...soy terrible!!!!
En fin Marie-France encantadora reflexión....como siempre!!!!
Jajaja Natali me has hecho reír! En todo caso, estoy encantada que te haya gustado la reflexión :-)
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