El
miedo es el hermano mayor del amor, dice Diego Ojeda en una de sus canciones…
Mientras
más edad tenemos, más miedo hemos acumulado a amar. Nos hemos metido en relaciones
que terminaron por razones diversas, inmadurez, infidelidad, porque dejamos de
amar o dejaron de amarnos, nos han fallado, manipulado, robado los sueños, los
años, la libertad, las ilusiones. Nos hemos hundido y solo hemos salido a flote
asiéndonos a lo que pudimos: al orgullo, al alcohol, a los amigos, al egoísmo,
al trabajo, a los hijos.
No
salimos ilesos de esas relaciones, ni optimistas. Salimos dolidos y aterrados de ver que dejamos que esto nos
suceda. Renacemos de nuestras cenizas y nos decimos que no volveremos nunca a desnudarnos el
alma ni ofertar el corazón en bandeja.
Nos hacemos
adictos a las relaciones fugaces, esas en las que no hay enganche posible
porque no le tenderemos la mano al otro, no acariciaremos su alma, no nos
involucraremos con él ni él con nosotros. Así él no verá nuestro lado vulnerable y no nos hará
daño. Relaciones en las cuales no terminaremos heridos, porque para que algo
hiera se debe tener expectativas e involucrar sentimientos.
Qué
miedo nos da cuando alguien nos hace palpitar de nuevo el corazón, cuando en el abrazo se sintió la ternura oculta
y se tiene añoranzas de seguir acariciando ese cabello indefinidamente. Si eso
pasa, hay que salir huyendo de inmediato, porque ya empieza a ser peligroso, ni
siquiera es amor y ya sentimos que es demasiado complicado, no hay que dejarlo crecer.
Tapiada
detrás del muro del miedo, permanecerá el alma frágil y dulce, dolida y
temblorosa. A la espera del milagro del amor bueno, milagro que nunca ocurrirá
porque no se atreverá ya a salir nunca más.
PLOP¡
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