lunes, 6 de octubre de 2014

Relaciones fugaces


El miedo es el hermano mayor del amor, dice Diego Ojeda en una de sus canciones…

Mientras más edad tenemos, más miedo hemos acumulado a amar. Nos hemos metido en relaciones que terminaron por razones diversas, inmadurez, infidelidad, porque dejamos de amar o dejaron de amarnos, nos han fallado, manipulado, robado los sueños, los años, la libertad, las ilusiones. Nos hemos hundido y solo hemos salido a flote asiéndonos a lo que pudimos: al orgullo, al alcohol, a los amigos, al egoísmo, al trabajo, a los hijos.

No salimos ilesos de esas relaciones, ni optimistas.  Salimos dolidos y aterrados de ver que dejamos que esto nos suceda. Renacemos de nuestras cenizas y nos decimos que no volveremos nunca a desnudarnos el alma ni ofertar el corazón en bandeja.

Nos hacemos adictos a las relaciones fugaces, esas en las que no hay enganche posible porque no le tenderemos la mano al otro, no acariciaremos su alma, no nos involucraremos con él ni él con nosotros. Así él no verá nuestro lado vulnerable y no nos hará daño. Relaciones en las cuales no terminaremos heridos, porque para que algo hiera se debe tener expectativas e involucrar sentimientos.

Qué miedo nos da cuando alguien nos hace palpitar de nuevo el corazón, cuando en el abrazo se sintió la ternura oculta y se tiene añoranzas de seguir acariciando ese cabello indefinidamente. Si eso pasa, hay que salir huyendo de inmediato, porque ya empieza a ser peligroso, ni siquiera es amor y ya sentimos que es demasiado complicado, no hay que dejarlo crecer.

Tapiada detrás del muro del miedo, permanecerá el alma frágil y dulce, dolida y temblorosa. A la espera del milagro del amor bueno, milagro que nunca ocurrirá porque no se atreverá ya a salir nunca más.

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