El otro día en el almuerzo hablábamos con
unos colegas sobre lo que puede, en una relación hombre-mujer, ser considerado
acoso.
Decía uno de ellos, hombre de mucha
experiencia y respetable como pocos, que a veces lo que define si un hombre
está pasando la tenue frontera del galanteo (a nivel verbal), es la intención
que hay detrás. Un piropo entre colegas de trabajo, con vocabulario elegante,
no sería acoso, sino simplemente una manera bonita de hacerle saber a la
persona que ese día está excepcionalmente bonita, o que tiene lindos ojos. Sin
embargo, si la relación tiene un nivel jerárquico (jefe-subalterno), la misma conducta puede tal vez ser ya considerada acoso.
Le contrargumenté que esta intencionalidad es demasiado ambigua de
evaluar y que podría haber “inocencia” en un piropo lanzado por la jefa a un
subalterno, pero que al mismo tiempo, esto abriría una compuerta para malas
interpretaciones, porque no necesariamente podemos saber el impacto en otra
persona de algo que pudo ser simple gentileza. Por otro lado, en las relaciones
más “horizontales”, estilo colega-colega, ciertas cosas que son “inocentes”
pueden tornarse acosantes sin
querer. Los apodos, la manera de saludar, las bromas, comentarios sobre la
vestimenta… Y como corolario le dije que de todas maneras comenzar a cruzar
esas fronteras puede, en algunas ocasiones, derivar en cosas más graves.
Es que he trabajado en varios lugares y he
vivido situaciones muy incómodas. Alguna vez tuve un jefe que citaba a
reuniones a las chicas que trabajamos allí, pero siempre eran reuniones face-to
face. En general lo hacía en horas muy tempranas o muy tardías, cuando la
secretaria no estaba y cerraba la puerta en el minuto que cruzábamos el umbral
de la puerta. Comenzaba la reunión hablando de cosas laborales, pero luego se
desviaba y comenzaba a lanzar en tono de broma comentarios
como “que el pico sexual de la mujer está
entre los 20 y 30 años y usted ahí soltera desperdiciando todo este tiempo”
o “tiene usted hijos muy bonitos, ya sabe
si quiere uno más”. Luego venían otras actitudes, como el pararse demasiado
cerca, el abrazar para saludar de manera muy prolongada, el invitar a almuerzos
fuera de la oficina. Entre nosotras no sabíamos que a las demás les pasaba lo
mismo, hasta que una explotó un día porque él le había escrito un poema y había
intentado darle un beso en la boca. Ahí, en confidencias de mujeres, la una contó
que durante un viaje a Colombia había recibido propuestas, la otra dijo que
había visto como le halaba la tira del sostén a la secretaria, otra más contó
lo de los chistes obscenos. Ese día, todas estábamos bajo shock y determinadas
a ir a denunciar a este perverso al departamento de Recursos Humanos.
Y sin embargo… al día siguiente una dijo
que talvez nos íbamos a quedar sin trabajo, la otra no quería que se entere el
marido, la tercera alegó que tal vez estábamos exagerando en la mala intención…
En pocas, me quedé sola con mi enojo y mis ganas revanchistas de que lo botaran,
me enojé con ellas, les taché de cobardes y renuncié al trabajo. No les juzgo,
éramos talvez demasiado jóvenes todas, o nos faltaba confianza, o talvez
incluso teníamos los estereotipos machistas demasiado anclados en nosotras:
¿Qué iba a pasar después? Seguro nadie nos creía, incluso pensarían que
nosotros le provocamos.
Admiro mucho a las mujeres jóvenes actualmente, que vienen de cajón más valientes, como la hija de una de mis
colegas que hizo que despidieran a los albañiles de una construcción porque le
lanzaron piropos obscenos. O a una amiga muy querida que cuando su colega
comenzó a mandarle mensajes de esos “inocentes”, lo mandó al
Cairo y no le volvió a contestar. Es que como decíamos en esa conversación en
el almuerzo, nada de esto debería de estar pasando. Ni piropos “inocentes”, ni
frases como “que guapa estás hoy”, ni canciones dedicadas, ni nada. En los USA,
por menos que eso se ponen demandas legales, porque en el ambiente laboral no
caben estas cosas.
Por otro lado, extendiendo la reflexión
fuera de las puertas de las oficinas… Me pregunto seriamente qué autoriza a un
hombre a: saludar a una mujer que casi ni conoce tomándola por la cintura,
retardar un segundo de más el beso en la mejilla, quedar viendo los pechos en
lugar de los ojos cuando se está hablando, aprovechar de una fila o del estar
atorados en el bus para rozarse un poco como que nada hubiera pasado, pretender
ser amigo para lanzarse voraz a la primera ocasión a un manoseo desenfrenado… Creo,
y en eso el género masculino va a tener que perdonarme si suena a sesgo, que
estas conductas son muchísimo más frecuentes en varones que en mujeres. Y
cuando la agraviada reclama, los hombres se hacen los ofendidos o los que nada-ha -pasado, las mujeres
somos las que andábamos a la búsqueda de eso al vestirnos de una manera, al
aceptar una copa de vino después de una cena, al habernos quedado sin decir
nada a la primera que nos tomaron la mano, “no
me vengan a hacerse ahorita las curuchupas, mojigatas de mierda”.
Ningún galanteo verbal es del todo
inocente. Deberían de dar clases a las mujeres para que lo entiendan y no lo
acepten, de ningún modo, en las personas con las que se tiene relaciones
laborales. Es un derecho fundamental el poder trabajar en un ambiente sin
tensiones de este tipo.
Y de la misma manera, ningún contacto
corporal no deseado debería de ser aceptado, desde el que te cojan el cabello
porque “te lo arreglo ya que estás despeinada”, pasando por el
beso galante en la mano para saludar, hasta otros pedidos masculinos de los que
hablaré en alguna entrada futura. No se educa suficientemente a las mujeres para
poder decir no. Buscamos desde siempre la aprobación del otro porque tuvimos
madres que exigieron más de nosotros que de nuestros hermanos varones o padres
y que doblegaron nuestra voluntad a punta de “debes hacerlo tú porque eres
mujer”. Y cuando crecemos, en las veces que nos encontramos atrapadas entre
nuestro propio deseo y el del otro, simplemente renunciamos a nuestro Yo por costumbre.
Renunciamos
a ese Yo que debería decir, en cualquier momento en que se siente incómodo, una palabra tan sencilla y tan corta como :
“No”.
Simplemente: " NO".
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