martes, 13 de enero de 2015

Simplemente: " NO"


El otro día en el almuerzo hablábamos con unos colegas sobre lo que puede, en una relación hombre-mujer, ser considerado acoso.

Decía uno de ellos, hombre de mucha experiencia y respetable como pocos, que a veces lo que define si un hombre está pasando la tenue frontera del galanteo (a nivel verbal), es la intención que hay detrás. Un piropo entre colegas de trabajo, con vocabulario elegante, no sería acoso, sino simplemente una manera bonita de hacerle saber a la persona que ese día está excepcionalmente bonita, o que tiene lindos ojos. Sin embargo, si la relación tiene un nivel jerárquico (jefe-subalterno), la misma conducta puede tal vez ser ya considerada acoso.

Le contrargumenté que esta intencionalidad es demasiado ambigua de evaluar y que podría haber “inocencia” en un piropo lanzado por la jefa a un subalterno, pero que al mismo tiempo, esto abriría una compuerta para malas interpretaciones, porque no necesariamente podemos saber el impacto en otra persona de algo que pudo ser simple gentileza. Por otro lado, en las relaciones más “horizontales”, estilo colega-colega, ciertas cosas que son “inocentes” pueden tornarse acosantes  sin querer. Los apodos, la manera de saludar, las bromas, comentarios sobre la vestimenta… Y como corolario le dije que de todas maneras comenzar a cruzar esas fronteras puede, en algunas ocasiones, derivar en cosas más graves.

Es que he trabajado en varios lugares y he vivido situaciones muy incómodas. Alguna vez tuve un jefe que citaba a reuniones a las chicas que trabajamos allí, pero siempre eran reuniones face-to face. En general lo hacía en horas muy tempranas o muy tardías, cuando la secretaria no estaba y cerraba la puerta en el minuto que cruzábamos el umbral de la puerta. Comenzaba la reunión hablando de cosas laborales, pero luego se desviaba  y comenzaba a lanzar en tono de broma comentarios como “que el pico sexual de la mujer está entre los 20 y 30 años y usted ahí soltera desperdiciando todo este tiempo” o “tiene usted hijos muy bonitos, ya sabe si quiere uno más”. Luego venían otras actitudes, como el pararse demasiado cerca, el abrazar para saludar de manera muy prolongada, el invitar a almuerzos fuera de la oficina. Entre nosotras no sabíamos que a las demás les pasaba lo mismo, hasta que una explotó un día porque él le había escrito un poema y había intentado darle un beso en la boca. Ahí, en confidencias de mujeres, la una contó que durante un viaje a Colombia había recibido propuestas, la otra dijo que había visto como le halaba la tira del sostén a la secretaria, otra más contó lo de los chistes obscenos. Ese día, todas estábamos bajo shock y determinadas a ir a denunciar a este perverso al departamento de Recursos Humanos.

Y sin embargo… al día siguiente una dijo que talvez nos íbamos a quedar sin trabajo, la otra no quería que se entere el marido, la tercera alegó que tal vez estábamos exagerando en la mala intención… En pocas, me quedé sola con mi enojo y mis ganas revanchistas de que lo botaran, me enojé con ellas, les taché de cobardes y renuncié al trabajo. No les juzgo, éramos talvez demasiado jóvenes todas, o nos faltaba confianza, o talvez incluso teníamos los estereotipos machistas demasiado anclados en nosotras: ¿Qué iba a pasar después? Seguro nadie nos creía, incluso pensarían que nosotros le provocamos.

Admiro mucho a las mujeres jóvenes actualmente, que vienen de cajón más valientes, como la hija de una de mis colegas que hizo que despidieran a los albañiles de una construcción porque le lanzaron piropos obscenos. O a una amiga muy querida que cuando su colega comenzó a mandarle mensajes  de esos “inocentes”, lo mandó al Cairo y no le volvió a contestar. Es que como decíamos en esa conversación en el almuerzo, nada de esto debería de estar pasando. Ni piropos “inocentes”, ni frases como “que guapa estás hoy”, ni canciones dedicadas, ni nada. En los USA, por menos que eso se ponen demandas legales, porque en el ambiente laboral no caben estas cosas.

Por otro lado, extendiendo la reflexión fuera de las puertas de las oficinas… Me pregunto seriamente qué autoriza a un hombre a: saludar a una mujer que casi ni conoce tomándola por la cintura, retardar un segundo de más el beso en la mejilla, quedar viendo los pechos en lugar de los ojos cuando se está hablando, aprovechar de una fila o del estar atorados en el bus para rozarse un poco como que nada hubiera pasado, pretender ser amigo para lanzarse voraz a la primera ocasión a un manoseo desenfrenado… Creo, y en eso el género masculino va a tener que perdonarme si suena a sesgo, que estas conductas son muchísimo más frecuentes en varones que en mujeres. Y cuando la agraviada reclama, los hombres se hacen los ofendidos o los que nada-ha -pasado, las mujeres somos las que andábamos a la búsqueda de eso al vestirnos de una manera, al aceptar una copa de vino después de una cena, al habernos quedado sin decir nada a la primera que nos tomaron la mano, “no me vengan a hacerse ahorita las curuchupas, mojigatas de mierda”.

Ningún galanteo verbal es del todo inocente. Deberían de dar clases a las mujeres para que lo entiendan y no lo acepten, de ningún modo, en las personas con las que se tiene relaciones laborales. Es un derecho fundamental el poder trabajar en un ambiente sin tensiones de este tipo.

Y de la misma manera, ningún contacto corporal no deseado debería de ser aceptado, desde el que te cojan el cabello porque “te lo arreglo ya  que estás despeinada”, pasando por el beso galante en la mano para saludar, hasta otros pedidos masculinos de los que hablaré en alguna entrada futura. No se educa suficientemente a las mujeres para poder decir no. Buscamos desde siempre la aprobación del otro porque tuvimos madres que exigieron más de nosotros que de nuestros hermanos varones o padres y que doblegaron nuestra voluntad a punta de “debes hacerlo tú porque eres mujer”. Y cuando crecemos, en las veces que nos encontramos atrapadas entre nuestro propio deseo y el del otro,  simplemente renunciamos a nuestro Yo por costumbre. 

Renunciamos a ese Yo que debería decir, en cualquier momento en que se siente incómodo, una palabra tan sencilla y tan corta como : “No”. 

Simplemente: " NO".

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