Me he
venido cuestionando estas últimas semanas sobre las diferencias generacionales
en cuanto al abordaje de la sexualidad.
Resulta
que “en mi generación”, hablar de sexo era un poco así: nunca con los papás,
desde lo biológico en el colegio y desde lo recatado con las amigas. Hasta en
la actualidad, no nos contamos los detalles de nuestra sexualidad; nos decimos
si ya pasó o no con el novio, nos reímos de nuestros “vaciles”, bromeamos sobre
la sexualidad en el matrimonio, o nos lamentamos de la falta de sexo,
dependiendo de los casos en los que nos encontramos. Pero nunca detallamos lo
que hacemos en la intimidad, ni usamos expresiones gráficas para referirnos a
lo que sucede con nuestras parejas.
En
cambio el otro día una profesora de la universidad me contó que mientras estaba
fumando escuchó a un grupo de chicas en el jardín decir “es que a mí me encanta comérmelos y hasta me trago el semen”. ¡Qué
discurso tan diferente! Desde entonces, en varias conversaciones con personas
de “esta” generación, he venido hablando del tema tratando de entender varias
cosas.
Primeramente,
he recabado que la gente joven piensa que el no dar detalles gráficos sobre la
sexualidad equivale un poco a “ser cohibida y frígida”. Las mujeres de mi
generación no hablamos de sexo abiertamente, según ellos, porque crecimos coartadas
y por ende tenemos una sexualidad reprimida, somos pasivas y además no tenemos
deseo sexual.
En
segundo lugar, para “esta” generación, el hablar gráficamente de sexo,
describiendo en detalle lo que han hecho, lo que harían , lo que vieron o
leyeron les da la impresión de tener una mejor sexualidad, más abierta y sin
tabúes. Por ende, estaríamos enfrentándonos a una generación de mujeres con
mayor bienestar sexual, que entra en relaciones más sanas e igualitarias con
los varones.
Un
razonamiento sencillo que sin embargo me ha perturbado lo suficiente como para
que tenga que dedicarle un tiempito de reflexión.
Analizando
primero a las mujeres de “mi generación”… ¿Por qué no hablamos con esa
apertura? Creo que se debe a que consideramos que todo lo que tiene que ver con
la sexualidad debe permanecer en la esfera de lo íntimo. No nos parece
pertinente hablar de cuántos orgasmos tenemos durante la relación con nuestra
pareja, del tamaño de su miembro, de los estímulos que nos excitan. No sé si
eso es bueno o malo, supongo que desde cierto punto de vista solo es así. En lo
personal, es una marca de respeto hacia la pareja y hacia la intimidad de un
acto que es más que una mezcla de fluidos. La sexualidad de la pareja es un
intercambio relacional recíproco, un momento de cercanía única en el cual
develamos la naturaleza más oculta de nuestros seres y no sólo le entregamos el
cuerpo al otro sino le abrimos, por un instante, un espacio dentro de nuestra
alma. Dolto –psicoanalista francesa- decía que es como tocar el violín y la
sinfonía resultante es el acto de amor. En lo particular si debiera hablar con
mis amigas al respecto tal vez usaría esa imagen musical y describiría algunos
encuentros sexuales como melodías de una sola nota, otros como música de radio
con interferencias y otros
definitivamente, como escuchar a una orquesta entera tocando dentro de
mi cabeza. No contaría el número de orgasmos porque en el momento en que uno
hace el amor, no está pensando en contracciones y disparos de neurotransmisores,
o posiciones del kamasutra o de las famosas “Cincuenta sombras de Grey”. Pero no es represión, pasividad o falta de deseo sexual. Solo respeto por el encuentro
con la pareja.
En el
análisis de las mujeres de “esta” generación, me parece que un factor de peso
para que no les cueste ser gráficas es que se han criado en sociedades en donde
con solo hacer un clic en la pantalla
se accede a lo que se desee a nivel sexual; es un época en la que haciendo búsquedas neutras en Google aparecen páginas de sexo y en el
cual hasta los programas infantiles están marcados de erotismo y mensajes de
doble sentido. Nuestra sociedad ha banalizado el sexo, lo ha sacado de las
cuatro paredes del cuarto y nos dice que “hablemos no más” de eso. La chica del
parque se reía de haber practicado sexo oral. ¿Lo habrá hecho? ¿O no? El caso
es que contarlo entre risas no describe lo que
realmente sucedió ese rato entre cuatro paredes. ¿Acaso se reía ella cuando
esto pasaba? Espero que no y espero que haya disfrutado el encuentro. ¿Quién
nos asegura que no estaba muerta del miedo, medio atragantada y sintiéndose
incómoda? El reírse y banalizar el sexo es como una fea tragicomedia griega en
la cual me burlo, ya no de los actores disfrazados, sino de mi propia vida. Las
amigas que receptan el mensaje también reciben esto como algo anodino, sin
consecuencias y tal vez al verse en la misma situación se digan “ah bueno, no es gran cosa, mi amiga lo hizo”
“si me siento mal o no me gusta, soy una
reprimida, entonces lo haré”. Banalizar la sexualidad pone el encuentro
humano a nivel del los reportajes que vemos en Animal Planet. Deshumaniza la sexualidad.
Pero
más allá aún, desde mi punto de vista , creo que hablar del sexo con mayor
facilidad sólo ha sacado de las cuatro paredes del cuarto la descripción del
acto desprovisto de la vivencia.
Porque en realidad creo que las mujeres callamos mucho.
¿Qué
callamos? Pues aquello que es el
pan cotidiano en las sociedades machistas, las vivencias que solo se cuentan en
raras ocasiones, ya sea en la confidencialidad de la consulta o la confesión,
en medias palabras a personas muy cercanas o las que nos cargamos a la tumba en
silencio.
Las vivencias
de la mujer cuya pareja la cela sin razón: ¿con
quién estuviste? ¿Con quién chateas? ¿Por qué llegas tarde?, sácate el calzón
para oler si has estado con otro hombre.
Las de
la mujer que se torna en una muñeca inflable en las manos del hombre: Ven, dame un “beso” allá abajo, no tan
rápido, abre bien la boca, trágate todo; qué te pasa estúpida, no ves que no estoy gozando.
Las de
la mujer que convive con la indiferencia de su pareja , que no la mira, que se
duerme sin darle ni gracias por la compañía o la comida, que la deja esperando
en la cama porque él “no tiene ganas”.
Las de
la mujer que callada lava las camisas manchadas de maquillaje, que ve mensajes
en el celular en donde él llama “mi vida” a cualquier compañera de trabajo, que se
aguanta que en el semáforo él quede viendo a otras mujeres y que le haga
sentir que ningún reclamo es válido porque “él es hombre y tiene necesidades”.
Las
vivencias de tanta violencia sexual, esa que se ejerce en la pareja, la que se despliega
hacia las niñas y adolescentes en el seno de su propia familia, en las manos
de personas cercanas, o hasta en la calle.
De esas
vivencias, nadie habla.
Las
estadísticas en Ecuador son claras: 1 de cada 4 mujeres ha sido víctima de
violencia sexual. A veces me detengo a aplicar esta simple estadística a las personas que frecuento, en un
juego reflexivo que funciona más o menos así: En el grupo de amigas con las que
me reúno a desayunar somos 5 : una de nosotras ha vivido violencia sexual. ¿Cuál?
No hablamos de ello. Tengo 16 alumnas mujeres en mi grupo de clases: 4 han sido abusadas sexualmente. ¿Cuáles? Ellas tampoco hablarán de ello.
No hay
diferencias generacionales en ello. Sólo vivencias muy duras que no confesamos.
No nos vamos a parar delante de nadie a decir “yo fui abusada por un amigo de mi papá” “mi novio me dio una bofetada una vez que quise que hiciéramos el amor”
“eyaculó en mi cara y me hizo sentir
sucia; luego solo me dijo que me vaya a limpiar si me molestaba”.
Entonces,
las cosas serias, lo que realmente sentimos, lo que realmente sucede, no son verbalizadas,
no se traducen en el discurso, ni en el recatado ni en el abierto y gráfico.
¡Qué
triste que aquellas cosas de las
que deberíamos estar hablando todas, independientemente de la edad que tengamos, nunca sean
dichas!
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