He sentido siempre rechazo a los payasos, me
asustaban cuando era pequeña en los circos, y prefería de lejos el espectáculo
de los acróbatas al número absurdo en el cual una persona pintada hacía el
ridículo para que nos burláramos de ella. Para colmo, leí “IT”
de Stephen King y me sentí aterrorizada por la imagen del payaso asesino; ese
libro ahondó el miedo que les tenía y de paso desenterró todas mis angustias
infantiles, de tal manera que sigo esperando oír voces en las
cañerías del lavabo y hasta temo a los días de lluvia combinados con
alcantarillas. Ni hablar de los barquitos de papel.
Volviendo a los payasos, sin embargo, esta semana me
he detenido a reflexionar un poco más profundamente sobre el payaso y la
función que se nos presenta en el circo.
El show tiene en general una estructura bastante
fija. La figura disfrazada sale y « sin
querer queriendo » comete
algún desatino; en acciones simples y cotidianas, el payaso hace un
sinfín de errores : se tropieza, se ensucia, se sienta en donde no debe,
se resbala y cae. El público lo que ve es la persona con la sonrisa pintada,
tratando incesablemente de volver a hacer bien las cosas, pero por
algo que no nos explicamos del todo esta persona torpe y desgarbada sigue «arruinando la situación» y
cada intento de recuperar compostura parece hundirlo más; pobre payaso, sus
desventuras a él le hacen ver más triste, pero el efecto en los demás son las
risas, la rabia, el asco, la conmiseración o hasta el rechazo. No he conocido
hasta la fecha ninguna persona adulta que adore a los payasos, ni he visto en
ningún espectáculo que alguien se precipite a abrazarlos después del show.
Creo que a los adultos no nos gustan los payasos
porque nos recuerdan demasiado nuestra propia naturaleza humana. Todos – para
mala suerte– terminamos sintiéndonos payasos en algún momento, tratando de
hacer las cosas bien pero sin lograrlo, bajo la mirada implacable del “otro”,
de la gente que nos critica, se burla, nos rechaza o simplemente se da la
vuelta indiferente ante nuestros desaciertos.
En la vida real no es necesario llevar disfraz; los
disfraces son los roles que representamos y asumimos: profesional, padre, hijo,
estudiante, ama de casa. No necesitamos maquillaje, porque
tenemos expresiones que enarbolamos en nuestro rostro que cumplen
cabalmente la función de ocultamiento: indiferencia, amabilidad y la mejor de
todas, la sonrisa, que muchas veces reemplaza pelucas, colores estridentes,
lentejuelas y escarcha en un afán de ocultar nuestro ser real. Y así, pueden estar pasando en
nuestra vida las historias más tristes, las más sombrías, las del
depresivo suicida: nadie ve más allá del maquillaje.
Como payasos bien educados, pretendemos dar
siempre una buena función. Pero cuando cae el telón, a solas en el
camerino, a veces se nos desbordan las lágrimas y se devela el verdadero
yo, ese que anhela que alguien vislumbre detrás de la sonrisa,
detrás de la representación, a la persona que somos pese a todos los
errores, tropiezos, torpezas , malos entendidos, mal genios, llantos,
inseguridades .
Sin embargo la vida, tan similar
a la actuación del circo, transcurre irremediablemente y pase lo que
pase, nosotros payasos nos levantamos, retocamos el maquillaje y seguimos actuando.
Es que el show debe continuar.
Tal vez si alguien nos mirara
genuinamente a los ojos, lograría entender lo que realmente estamos pasando. Yo
tampoco lo he hecho con los
payasos de profesión, pero prometo que la próxima vez que vea uno lo haré,
porque estoy segura que, detrás de las pestañas postizas, también se
transparenta el alma en su mirada.
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