miércoles, 17 de junio de 2015

Del Papa y de los recuerdos…


 El Papa Francisco está por venir… eso en un país católico como el nuestro (porque aunque el estado se declare “laico” debemos rendirnos ante la evidencia del catolicismo imperante) determina  múltiples cosas, desde el asfaltado de la 12 de Octubre  hasta que  el mundo político deje de girar, en pro del respeto a esta figura imponente del mundo católico.

Esto, en cierto modo, es aceptable… siempre y cuando lo que esté detrás no sea la manipulación de masas, ni la manipulación de UNO. Digo esto porque me parece que está bien que respetemos la venida de un gran hombre a nuestra Patria sin pelearnos absurdamente (manipulación de masas) para presentarle a este hombre la imagen de un país que respeta la paz (manipulación de uno).

¿Y si estamos haciendo ambas?


Pero  hoy el tema político -para variar- no me atrae mucho. El recuerdo, tirano de las noches en las que la voluntad cede,  me hala intensamente hace más de un año, cuando el camino que escogí me llevó a “saltar el charco” (metáfora que usa mi hermano para  describir las veces en que le toca atravesar el océano en avión).

Salté el charco y por esos derroteros de la vida… terminé un domingo en Roma en el Vaticano.

Era invierno y, por ello, debo dar gracias a la vida. No habían filas interminables para acceder a la Basílica, que en realidad es alucinantemente bella. En medio de la visita se corrió la voz que al medio día el Papa dirigiría unas palabras a las personas en la plaza… Sin dudarlo, salimos a presenciar esto en el momento adecuado. No les puedo describir lo que sentí en ese momento. No me considero una persona creyente. Es más, en esta época de “ya viene el Papa” en la cual me han intentado “vender” desde un puesto cercano para verle, hasta rosarios y camisetas, sin piedad he esgrimido ser “atea” para zafarme del asedio comercial y político alrededor de  este personaje.



Pero ese día, en el Vaticano, sentí tantas cosas que me son difíciles de describir. Yo no creo en cosas intangibles. Pero sí creo en lo que sentí.

El discurso del Papa, en italiano, versó primero sobre un nombramiento que hacía a diversos obispos en el mundo. En la ventanita con la alfombra roja a lo lejos, esa figura diminuta transmitió a través de los parlantes una serie de nombres de personajes de todo el mundo. A medida que decía de donde eran, aplausos en la explanada revelaban personas de esas localidades del mundo que, con orgullo y felicidad, ovacionaban al clérigo correspondiente por su nombramiento . En ese momento, con cada aplauso, mínimo o ruidoso, me sentí conectada con la humanidad de seres católicos que, de una manera u otra (ojalá la mejor) practican valores y creencias que guían sus vidas de manera responsable  hacia sí mismos y hacia los demás.



La plaza estaba repleta de personas que no se perdían ni una palabra de este hombre… Ahora entiendo que esa especie de corriente eléctrica que yo sentía nos conectaba a todos con algo más que no estaba ahí físicamente, y que por respeto a todos, creyentes y ateos,  llamaré simplemente AMOR.

El Papa luego habló un rato, no me acuerdo de qué exactamente,  hizo una oración… y se retiró.

Pero no quiero sesgar la vivencia al asunto espiritual. Es más, sólo estaba tratando de introducir a través de este recuerdo, que no es cualquier recuerdo, una reflexión  sobre los recuerdos en general


Hay recuerdos  y recuerdos…

Hay los recuerdos tipo “selfies”, que se generan en el  frenesí de mantener instantes que, en el mismo momento que se viven, se saben muchas veces  tan fugaces que nos desesperamos en hacerlos permanecer más de lo que ameritarían. Muchos de los estatus del facebook nos muestran sólo eso: el instante, y nada más. Pero así de fugaces como se generaron, igualmente se disuelven como nubes de polvo en la memoria.

Hay recuerdos que pueden ser borrados conjuntamente con las fotos que los inmortalizaron.  Son recuerdos cargados de sensaciones que se fijaron en nuestro interior con la potencia del sentimiento asociado. Podemos jugar a hacerlos desaparecer,  pegando nuevos recuerdos encima, quemándolos, descolgándolos de las paredes: desaparecer la evidencia del recuerdo  amaina  el sentimiento hasta hacerlo desvanecerse en algunos casos.

Y hay una tercera categoría de recuerdos, en la que están…

Los recuerdos sin  fotos, de momentos vividos tan intensamente que son como una película a color. Y los recuerdos con fotos que tienen tantas otras cosas que no entran en la foto y que no se borran nunca. No hay ejercicio de poder sobre estos recuerdos. No se puede controlarlos, ni evitarlos, ni aniquilarlos. Se presentan a la mente en los momentos menos pensados y arrasan con la misma intensidad que cuando fueron vividos.


El recuerdo que tengo del Papa pertenece a esta tercera categoría. No lo quiero reemplazar por ningún otro, así me oferten silla en primera fila.

Si fuera creyente, esperaría que al morir en ese desfile  de imágenes recapitulativas de la vida que se supone que sucede en los minutos previos al dejar de existir, voy a estar de nuevo entre la multitud, en el tibio sol de la plaza, el corazón agitado por la carrera desde el interior de la Basílica, ansiosa por sacar una foto de ese Papa latino, hablando de su cotidianidad en la Iglesia a la multitud congregada por diversas coyunturas ese mediodía.

Es más, si eso sucediera, agradecería regresar un poco antes en esa mañana,  cuando en el metro la voz grabada decía “Prossima fermata: ….” mientras yo apoyaba mi cabeza en un corazón que palpitaba al mismo ritmo que el mío en la clemencia hibernal itálica. Para volverme a bajar, ese día de enero y volver a vivir todos esos minutos sin borrar ninguno sólo.



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