“Tu
cuerpo es como un lienzo en el que escribes una historia”
Un
amigo me dijo esto en una cena el otro día, citando a algún filósofo que no
recuerdo.
La
frase tiene como muchas capas… La primera y más obvia tiene que ver con la
salud. A los cuarenta años, mi cuerpo ya cuenta algunas historias. Historias de
estrés, como se vé en las pequeñas cicatrices de la cirugía de vesícula. Historias no tan buenas, como las de mis desmandes
alimentarios y de bebida, porque no siempre me alimento como debería .
Historias de la cuales me siento orgullosa, como las estrías del embarazo y el tatuaje en la espalda.
Internamente seguro que tendrá más historias que contar y tal vez es por eso
que no voy tanto al médico, porque siempre me cuenta una nueva de la que no
quiero oír hablar.
Conversando
con una persona mayor, me dijo que desde los veinte ya se puede vislumbrar el
carácter de las personas en su rostro. Hay quienes tienen la mirada
transparente y acogedora, que te miran de frente y no te esconden su alma; sus
ojos narran historias de alegría, de paz, de seguridad. Hay otras que son
furtivas y que cuentan pasados de miedo o de mentira. Las hay oscuras, que no
te dejan penetrar en su historia. ¡Ni hablar de la piel! Las primeras
arrugas no son arrugas, son líneas de expresión. Se marcan por el exceso de uso
de músculos específicos, esos que se emplean para expresar las emociones. Son
como surcos que se labran en nuestra cara, difíciles de hacer desaparecer
porque son aquellas partes que describen quienes somos. Como
me dijo un dermatólogo alguna vez -cuando me cogió la crisis de la edad y fui
para que me diga qué hacer con esa raya en la mitad del ceño y las que tengo alrededor
de la boca-: “la única manera de quitárselas es dejando de usar el músculo”. La
propuesta de él no era que deje de
sonreír o de fruncirme sino, obviamente, estética: ponerle botox a todo ese
rollo. Se me hizo muy raro el pensar en sonreír sin que se me note que estoy
feliz o estar enojada sin que pueda verse en mi cara. Yo no quiero borrar quien
soy de mi rostro, al contrario deseo que los demás puedan leer mi historia en
él, porque también reclamo el derecho de poder leer la suya en los de ellos.
Si el
cuerpo es un lienzo en el que escribimos una historia, deberíamos también
pensar en lo que sucede cuando un cuerpo entra en contacto con otro. Cuando le
damos la mano a alguien, cuando lo ceñimos, estamos escribiendo algo en el contacto, algo que se imprime en las capas más profundas, esas
que no logramos ver a ojo desnudo. En el abrazo, en la caricia, en el apretón, en las palmaditas, vamos fijando
huellas en el alma de las personas. De haberlo concebido así seguro hubiésemos hecho las cosas diferentemente. ¿Qué huellas hemos impreso en los demás? ¿Son huellas
de golpes, de tirones de cabello, de correazos? ¿Son huellas de indiferencia,
de rechazo, de descontención? ¿Qué historias hemos escrito en las relaciones
íntimas que hemos tenido? ¿Son historias de sexo , de juerga, de no recordar
por qué amanecimos en esta cama y no en la propia, de sentirnos avergonzados,
usados, humillados?
El
cuerpo, lienzo en el que escribimos, es el embajador del alma, el traductor en
imagen de nuestras emociones y vivencias. Lo que hagamos con él se irá
imprimiendo en nosotros. Lo que dejemos de hacer, también. Me hubiera gustado
que me dijeran la frase más temprano.
Hubiera habido alguna diferencia. Hubiéramos podido hacer las cosas diferentes ... también tenemos historias que deben ser vividas, solo así somos quienes hoy nos mostramos. No Francita, creo que así hubiéramos oido más temprano la frase, no hubiérmos hecho diferente.
ResponderEliminarNo sé... yo creo en la prevención... Fïjate si les dices a los adolescentes que cada persona con la que tienen sexo escribe algo... Querrán historias anónimas? O de una sola noche? no crees que se puede generar un nivel de conciencia con hablar de las cosas así?
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