Recuerdo que solía ver la transmisión de los episodios de
este comic no cuando era adolescente, sino cuando ya era toda una adulta, de 31
años, en pleno período de maternidad.
En esa época, trabajaba en la Universidad a medio tiempo, un medio tiempo que acepté para darme “una cierta estabilidad” porque estaba embarazada y hasta entonces llevaba una vida de frenesí, de un trabajo a otro, de una actividad a otra totalmente diferente. Llegué a este país en plena crisis bancaria, en el año 1999, uno de los peores que pudo vivir el Ecuador, recién graduada de la Maestría. Amparada en el escudo del diploma de una de las mejores universidades del mundo, regresé a este país que había dejado 6 años atrás. Entonces creía que yo podía cambiar la realidad nacional.
Durante 5 años luché “por hacerme un lugar”, teniendo hasta 4
o 5 empleos al mismo tiempo: conseguí un “contrato fijo” por 264 dólares en una
entidad pública, y “redondeé” el sueldo trabajando no en una, sino en 3 universidades,
así como realizando traducciones simultáneas del francés al español en
cualquier evento que se me cruzaba, y hasta haciendo de guía turística en el
Centro de Quito para una agencia de viajes. Gracias al Universo, en esa época
no pedían licencia para nada, lo único que prevalecía era la voluntad de hacer
las cosas y hacerlas bien, lo que ahora se llama “el desempeño”.
No sé si me agradaba mi vida así, o si no. Nunca tuve la
oportunidad de preguntarme bien por el tema, el asunto era vivir el día a día y
ya. Pero claro, en algún punto quise tener un hijo/a y las cosas se volvieron
un poco más complejas; entonces decidí que era tiempo de un poco de “estabilidad”.
Entre paréntesis, debo decir que formo parte de un tipo de
personas (no sé cuántas hay iguales a mí), que les cuesta un montón proyectarse
dentro de un futuro lejano. Conozco personas que se endeudan a 25 años
comprando bienes, por ejemplo, o que compran cash con la certeza de
que eso que compran es el lugar donde desean permanecer el resto de sus vidas. Yo,
desgraciadamente, no soy así. Tampoco pertenezco a ese otro grupo de personas
que agarran la mochila y se van a recorrer el mundo sin saber en donde estarán
mañana. No sé cómo llamar al estado que me caracteriza (y en el que espero que
haya más personas). Soy el tipo de persona que no le gusta saber el lunes lo
que va a hacer el sábado, pero que sabe que el sábado no va a querer hacer lo
mismo que el sábado anterior. Una especie de indecisa que necesita un plan,
pero no del todo precisado, que deje un margen a la espontaneidad
Entonces, adquirí estando embarazada un poco de estabilidad;
no por mí, exactamente, sino por el estado de estar embarazada, ¿saben? Por eso
de que se debe tener un seguro de salud para dar a luz, y un contexto para traer un
bebé al mundo. Y acepté trabajar a medio tiempo en una universidad.
Hoy llevo ahí 21 años y 6 meses, como dice el certificado
laboral que pedí esta semana y me llegó por correo. Cuando lo recibí, me puse a
pensar en todo esto: cómo fue que yo, siendo la que era, hubiera llegado a
permanecer en el mismo lugar 21 años y 6 meses. Me acordé de todo esto… Me
acordé de las razones…
¡Me acordé
de Bob Esponja! Y de los medios días, cuando llegaba de trabajar desde
las 7:00 hasta las 11:00 en la Universidad, cuando pasaron los tres meses del
permiso de maternidad y tuve que regresar a dar clases. De las interminables
noches en que mi hija me despertaba no sé cuántas veces, y terminaba
durmiéndome y despertándome en la cama, asustada, pensando que la dejé caer
porque no me acordaba haberla dejado en la cuna. De la leche que me sacaba inútilmente
a las 5 de la mañana antes de ir a clases, porque igual ella no comía nada en franca-rebelión-de-bebé-iracunda-por-el-abandono,
hasta que yo llegaba al mediodía, agotada, a ser su fuente de alimento. Y le daba
de lactar frente a la tele. Y ella se dormía…
Y entonces… pasaban en la tele Bob Esponja ¡Yo amaba ese
programa! Pese al agotamiento, nunca me quedé dormida frente a un episodio: adoraba las historias incongruentes
que se planteaban y sobre todo la ingenuidad del personaje…
No había pensado en Bob Esponja hasta hoy, con el asunto del
certificado. Casualmente me topé con una imagen suya en donde lo vi, no como ese Bob de mis
recuerdos. En ella, Bob Esponja también ha transitado por los 21 años y 6
meses que ni siquiera hemos visto venir lo dos. Está ojeroso y fatigado; no hace bromas
ingenuas ni se ríe con su risita estridente.
Me ha hecho pensar mucho en mí misma, es como un espejo.
Te amo igual, Bob Esponja. Estás agotado, se nota. Pero estoy segura de que habita dentro de ti ese ser que me mantuvo despierta pese a lo consumida que estaba por las circunstancias cuando te veía en la tele hace casi 17 años.
Te voy a rescatar, Bob Esponja.
Espérame. Hago provisiones y ya llego.

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